Parece mentira, pero es cierto que a mayor abundancia de información en los medios digitales, nos encontramos con un gran número de contenido que genera confusión y desinformación en el lector o usuario. Por lo tanto, la responsabilidad social es clave ante tanta desinformación digital.
Tanto las Redes Sociales como los medios digitales se enfrentan a grandes retos debido a la facilidad de que cualquier plataforma digital y persona pueda convertirse en un generador de contenido y propagar cualquier tipo de noticia. En el recuerdo queda la esencia de la tinta, el teclear de las máquinas de escribir, el sonido de un teléfono analógico y el olfato de los verdaderos comunicadores, entregados en cuerpo y alma a la digna profesión de comunicar con rigor.
Para un gran número de lectores no es fácil distinguir la verdad de la mentira y se genera un gran desconcierto y cierto caos desinformativo. La llegada de las redes sociales también ha creado una enorme confusión entre lo que es real o ficción. Historias y vidas inventadas, dignas de un guion de Hollywood, en un mundo donde se pretenden silenciar las noticias verdaderas con máscaras de carnaval.
El pensamiento crítico ante el ruido de la información
En medio de un tsunami informativo, lo que más preocupa es la falta de pensamiento crítico para saber filtrar con coherencia y lógica lo que se vierte en los medios digitales y canales informativos. Sin lugar a dudas, algunos se preocupan mayormente del impacto y no son consecuentes de la finalidad informativa ética y la repercusión social.
El exceso de ruido informativo, a mi juicio, podría ser hasta positivo. Llegará el momento, de nuevo, donde los lectores reclamen la profesionalidad y coherencia y vuelvan a apostar y decantarse por una información trabajada, contrastada y llena de matices veraces. Los redactores profesionales y las plumas responsables volverán a estar en el punto de mira. Porque los rumores, fake news y noticias falsas dejarán en entredicho esta interferencia que afecta al proceso de comunicación y genera desinformación.
Como si de una medicina se tratara, donde hay que leer las contraindicaciones para que el medicamento no repercuta negativamente en nuestro organismo, así ocurrirá antes o después. La información volverá a ser valorada y respetada porque, aunque todo el mundo pueda comunicar, la gran mayoría no cuenta con las herramientas formativas para informar de forma veraz en un mundo donde prevalece mucha mentira que cumple con unos intereses previamente pactados.
Calidad de la información
El contenido de calidad es un tema que compete a todos. Pero, discernir la información y tener un pensamiento crítico también nos concierne. Cualquier usuario debe tener en cuenta de dónde procede la fuente informativa, quién está detrás de ella, la línea editorial y los profesionales que encabezan un medio para hacer una labor de verificación y curación de contenidos.
El papel de los medios de comunicación en un contexto como el que vivimos es clave. Asimismo, todos debemos exigir responsabilidad compartida y transparencia. Los gigantes tecnológicos y los algoritmos han invadido nuestras vidas. Pero, estas empresas no tienen entre sus principales objetivos priorizar y luchar contra la información falsa.
La crisis de la COVID- 19 y la desinformación
En plena pandemia y crisis sanitaria del coronavirus, la desinformación es un tema muy preocupante. La sociedad convive en un hervidero de noticias falsas. Cualquier dato erróneo puede tener una percepción irreal de la vida y afecta en la toma de decisiones. Aunque, se espera que este 2021 sea el año de las marcas y que las redes sociales se enfoquen en silenciar las noticias falsas, aún queda mucho trabajo por hacer.
Por lo tanto, la desinformación digital es un tema que debe ponerse sobre la mesa y someterse a debate. Por eso, será necesario ejercer medidas de presión si queremos una sociedad realmente informada y libre. Obviamente, la posibilidad de viralizar una noticia en un tiempo récord sin calibrar su autenticidad es un verdadero problema. La creación de fake news difundidas por perfiles falsos es algo muy habitual, pero no por ello, permisible.
En este clima de desinformación han proliferado escasas iniciativas periodísticas que doten a los usuarios de la capacidad crítica necesaria para entender la realidad informativa de nuestros tiempos. Obviamente, la industria periodística es un negocio, pero, ¿a qué precio? Si no recuerdo mal, la responsabilidad, el compromiso social y la obligatoriedad de utilizar estos canales para comunicar con veracidad debe también extenderse a cualquier entorno digital.
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